La polémica creatividad de Kapuscinski


Un libro publicado en Polonia denuncia que lo que el autor presentaba como periodismo era ficción. De ser esto cierto, traicionó la confianza de los lectores, que creían que esas cosas habían ocurrido y eran reales

TIMOTHY GARTON ASH
12/03/2010

Todos los periodistas y aspirantes a autores de reportajes pueden aprender mucho de la controversia sobre Kapuscinski. La "no ficción creativa" es una pendiente peligrosa.



Si hubiera vivido unos años más, Ryszard Kapuscinski quizá habría podido obtener el Premio Nobel de Literatura. Aunque esas cosas se llevan con un secreto digno del Vaticano, estoy seguro de que era uno de los candidatos constantes de la Academia sueca. Entonces, los periodistas de muchos países habrían celebrado su designación por ser el primer escritor de "no ficción" que lo ganara desde Winston Churchill en 1953. Ahora ha estallado una seria polémica en su Polonia natal por un nuevo libro que sugiere que su no ficción no era tan "no ficción", después de todo. Es una polémica que ya ha dado la vuelta al mundo, porque el nombre de Kapuscinski es sinónimo en todas partes de un cierto tipo de reportaje político-literario.

Acabo de leer el libro, que se titula, en polaco, La no ficción de Kapuscinski. Su autor es el periodista Artur Domoslawski, de quien Kapuscinski fue modelo, mentor y amigo, y ha sido criticado por varios motivos. Entre ellos, su forma de abordar las numerosas aventuras amorosas del escritor viajero, que es verdad que me parece poco delicada, y su tratamiento del pasado comunista y los contactos ocasionales de Kapuscinski con la policía secreta, que en mi opinión está bien explicado.

Más en general, se ha criticado al libro por denunciar a un antiguo mentor. La viuda de Kapuscinski lo llama "parricidio". Yo creo que no lo es. Creo que el autor trata de ser imparcial y permite que hablen muchas voces diferentes. Capta al Ryszard que yo conocí, empezando por una brillante evocación de su cálida sonrisa, con la que desarmaba a cualquiera. Desarmaba a cualquiera literalmente, porque aquella sonrisa de humildad casi infantil le permitió salir bien librado de muchos enfrentamientos peligrosos con hombres armados, en África y otros lugares. Por otro lado, este libro es el grito prolongado de un discípulo preocupado e incluso desilusionado, alguien que, en sus casi tres años de investigación, encontró cosas que le perturban enormemente.

El quid de la cuestión, para Domoslawski, para mí y probablemente para el resto del mundo, es que se cruce el límite entre la realidad y la ficción. Es un tema que a algunos nos preocupa desde hace años. En 2001, para conmemorar el centenario del Premio Nobel de Literatura, la Academia sueca organizó un simposio sobre la Literatura de testigos, una delicada forma de sugerir que la Literatura, con mayúscula, no consistía sólo en ficción y poesía. Yo di una charla (reproducida en mi libro Facts are Subversive) en la que comenté que "con Kapuscinski, pasamos sin cesar de la Kenia real a la Tanzania de ficción y viceversa, pero la transición no está claramente indicada en ningún sitio".

Ese mismo año, el antropólogo y escritor John Ryle escribió una brillante reseña en The Times Literary Supplement en la que documentaba numerosas inexactitudes, exageraciones y mitificaciones de Kapuscinski en sus escritos sobre África. Decía que, en su mayoría, tendían a lo que el denominaba el "barroco tropical", un estilo en el que todo se vuelve más exótico, salvaje, descontrolado, extremo y, por qué no decirlo, oriental. Ahora, Domoslawski sigue en parte las huellas del maestro, hasta Addis Abeba, por ejemplo, donde Kapuscinski investigó para escribir su famoso libro sobre la caída de Haile Selassie, El emperador, y a Santa Cruz, Bolivia. Y se ha encontrado con que los propios testigos de Kapuscinski se quejan de que hay material falso e inventado. Da numerosos ejemplos.

Lo que hizo Kapuscinski está ya fuera de toda duda. La cuestión es cómo reaccionar. Una corriente de opinión es la representada por el escritor estadounidense Lawrence Weschler, quien, según Domoslawski, ha dicho que "¿qué más da en qué estante tengamos que colocar El emperador y El Sha, en ficción o no ficción? Siempre seguirán siendo unos libros magníficos". Un compañero de colegio de Kapuscinski afirma que El emperador es "la mejor novela polaca del siglo XX". Y, por supuesto, esos libros hablaban también de Polonia. Los lectores polacos los leían en parte como alegorías de su propia situación, y los censores del comunismo podrían haberlos prohibido si no se hubieran presentado como libros de no ficción que trataban de lugares reaccionarios y lejanos.

Una segunda corriente, que podríamos llamar de los "nerviosos defensores de Ryszard", está bien representada por Neal Ascherson, autor a su vez de soberbios reportajes sobre Polonia y otros países. Kapuscinski era un gran narrador de historias, no un mentiroso -escribe en la página web de The Guardian-, y existe una diferencia importante entre dar noticias y escribir libros. Pero luego hace esta afirmación, que me resulta muy sorprendente: "Casi todos los periodistas, excepto un puñado de santos, sacan punta a las citas o varían ligeramente las horas y los lugares para causar más efecto. Quizás no deberían, pero lo hacen; lo hacemos". ¿De verdad, Neal? ¿Y cuánto es, si no te importa explicarlo, "ligeramente"? ¿Y hasta dónde puede atreverse uno a "sacar punta"? No obstante, en el resto de su blog muestra su preocupación por el hecho de que Kapuscinski no dejara suficientemente claro al lector lo que hacía.

La tercera postura, en la que me incluyo, afirma que, aunque no haya -en los gráficos términos que emplea Ascherson- una "frontera con alambrada y focos", sí existe un límite fundamental, una zona fronteriza, que los escritores de no ficción debemos intentar no cruzar jamás. Si cruzamos ese límite, entonces debemos asignar una etiqueta distinta al producto final. Domoslawski ofrece una razón por la que hay que hacerlo: sencillamente, el deber de ser justos con nuestros lectores. Ustedes necesitan saber qué están leyendo. Al fin y al cabo, parte de la emoción de leer a un escritor como Kapuscinski nace de pensar que esas cosas han ocurrido. Él estaba allí. Lo vio con sus propios ojos. Estuvo a punto de morir por informar de los hechos. Es un principio que su propia retórica ha defendido con frecuencia a capa y espada.

El segundo motivo es más profundo. Me da la impresión de que, para una persona armada con una pluma, existen pocas obligaciones más serias que la de ser testigo veraz de grandes acontecimientos. Al presentar el simposio de 2001 sobre la Literatura de testigos, el entonces secretario de la Academia sueca, Horace Engdahl, sugirió que "la verdad, en un principio, no es nada más que lo que certifica un testigo fiable". Quizá no sirva como regla filosófica universal, pero desde luego sí es aplicable a lo que hacen quienes escriben testimonios, sobre todo cuando se alzan solos en medio de la tragedia o el triunfo. Ser testigos de genocidios, guerras, revoluciones y muestras de valor humano en medio de la humanidad es -perdónenme el tono melodramático- una responsabilidad sagrada.

Es cierto que, al elegir los hechos, las imágenes y las citas, al caracterizar a las personas reales sobre las que escribimos, quienes realizamos reportajes trabajamos, en muchos aspectos, como los novelistas. Pero, si tenemos en cuenta esa responsabilidad respecto a la historia y la promesa de "no ficción" que hacemos a nuestros lectores, debemos atenernos a los hechos de la mejor forma posible. No debemos cambiar el orden de los acontecimientos ni siquiera "ligeramente", ni "sacar punta" a nada que aparezca entre comillas. Todos cometemos errores. Nadie puede ver una situación en su conjunto ni ser totalmente objetivo. Todo el mundo tiene un punto de vista. Ahora bien, si digo que vi una cosa, es que vi esa cosa. No estaba en otra calle, en otro momento, ni me lo contó alguna otra persona mientras tomábamos una copa en el bar del hotel.

Creo que podemos hacer dos cosas. Una, sugerida en tono humorístico por el propio Domoslawski en una entrevista tras la publicación del libro, es que debería haber en las librerías una sección entre la ficción y la no ficción, en la que estuviera una nueva categoría llamada simplemente Kapuscinski. La otra es aprender del maravilloso trabajo de Kapuscinski pero también de sus transgresiones y, de esa forma, dar un testimonio más veraz.

Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos, ocupa la cátedra Isaiah Berlin en St. Antony's College, Oxford, y es profesor titular de la Hoover Institution, Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.http://www.elpais.es/
Sombras sobre Kapuscinski

Alfonso Armada

Nos encontramos bajo los árboles de una terraza en la parte alta de El Escorial, en las estribaciones de la montaña que ampara la villa de Felipe II y sus súbditos. Joaquín Estefanía hace los honores con una frase que me emocionó: “Maestro y discípulo”. Ni Ryszard Kapuscinski ni yo hicimos la menor apostilla. Creo que sonreímos. Contó Joaquín Estefanía, que entonces ya había dejado de ser mi director en El País, que el reportero polaco llevaba cerca de una semana asistiendo al curso de verano de El Escorial en el que era el ponente estrella de la jornada de clausura tomando notas como un alumno más, sentado al fondo del aula, sin reclamar para sí desde el primer momento la menor atención, ni mucho menos tratamiento especial. Hablaba un español endulzado por acentos latinoamericanos, gracias a su trabajo como reportero en aquellos parajes. Vestido con un pantalón oscuro y una camisa blanca, escuchaba con atención, mirándote a los ojos, tomándose su tiempo en comprender lo que le decías. Le admiraba por libros que me habían dejado boquiabierto, como El Emperador (que me parecía una secuela de las mejores obras de mi admirado Franz Kafka), El Sha y La guerra del fútbol. Seguí comprando todos y cada uno de los libros que fue publicando la editorial Anagrama, aunque algunos he tardado mucho tiempo en leerlos. Más que ser como él, quería hacer como él: en vista de que la batalla por los periódicos parecía perdida (el espacio era un bien cada vez más escaso para historias de países que no encajaban en los intereses geopolíticos y comerciales de mi país y del diario para el que trabajaba) y de que nada hacía presagiar que en España fuera a aparecer un émulo del New Yorker, la solución eran los libros.


Nada me hizo pensar que Kapuscinski pudiera tomarse la menor libertad a la hora de elaborar y construir sus historias. Con una prosa deslumbrante (muy bien vertida al español por Agata Orzeszek), compartía con él la necesidad de “ponerse en el lugar del otro” (el imperativo moral más caro para Simone Weil). Cuando murió, el director de ABC, donde ahora trabajo, me pidió que escribiera “una tercera”. Allí anoté las razones de mi admiración hacia el maestro polaco: “Kapuscinski tenía lo que hay que tener para ser un extraordinario reportero: humildad para ponerse a la altura de los ojos de su interlocutor, soberano o enterrador; la exactitud de un entomólogo, un historiador o un astrónomo, 'para que ningún lector pueda corregirte y demostrar que no sabes de qué hablas, dejarte en evidencia y en entredicho todo lo escrito'; curiosidad insaciable (cómo si no iba a volver a perderse una y otra vez bajo soles como espinas, fríos como sierras); valor para ponerse a prueba jugándosela donde ya no queda nadie para contarlo, nadie con un altavoz donde propagar lo que se ha visto y no se pierda, sufrimiento inútil, dolor derramado para nada; compasión hacia quienes no sólo suelen sufrir la historia, y mucho menos para hacerla suya, para cambiar su destino; resistencia frente a las adversidades, los flacos presupuestos, la desidia o la pereza de los jefes alejados de los campos de batalla o de los campos de algodón; perseverancia para comprobar hasta el último rasguño y el último dato, para que no quede el relato cojo, incompleto, falso por ese mal tan extendido que deduce que 'da lo mismo', cuando ahí reside el principio de nuestro deshonor, y estilo: el de su alma, la de un hombre cercano capaz de encender hogueras de palabras que calientan e iluminan más que el fuego”.

A pesar de que titulé mi artículo El honor perdido del periodismo (parafraseando a modo de homenaje el título de la novela de Heinrich Böll, El honor perdido de Katharina Blum), no había en él la menor sombra de duda acerca de la estatura moral y la categoría periodística de Kapusckinski. Y eso que entonces ya había leído la demoledora crítica que el antropólogo británico John Ryle había hecho de Ébano y El Emperador en el Times Literary Supplement (TSL): Por eso, cuando aparecieron las primeras revelaciones que había hecho en un libro el periodista polaco Artur Domoslawski (Kapuscinski non fiction, que publicará en octubre próximo en español la editorial Galaxia Gutemberg), empecé a sentir un profundo malestar. No sabía a qué atenerme. Invitado el pasado mes de julio a un curso de verano de El Escorial titulado, sin el menor asomo de ironía, Ryszard Kapusckinsi, el último maestro, y a la espera de poder leer en español el libro de Domoslwakski, amigo y discípulo de Kapuscinski, preparé mi intervención trasladando mi perplejidad y mi desasosiego a unos cuantos amigos periodistas. A todos ellos les planteé las mismas preguntas:

1. ¿Qué es Ryszard Kapuscinski para ti?

2. Después de las recientes revelaciones de que introdujo algo de ficción en algunos de sus reportajes para hacerlos más interesantes, ¿cambió tu visión sobre el reportero

Lo ha dicho mejor que yo Timothy Garton Ash en un artículo imprescindible publicado en The Guardian y El País : 'Es cierto que al elegir los hechos, las imágenes y las citas, al caracterizar a las personas reales sobre las que escribimos, quienes realizamos reportajes trabajamos, en muchos aspectos, como los novelistas. Pero si tenemos en cuenta esa responsabilidad respecto a la historia y la promesa de ‘no ficción’ que hacemos a nuestros lectores, debemos atenernos a los hechos de la mejor forma posible. No debemos cambiar el orden de los acontecimientos ni siquiera ligeramente, ni sacar punta a nada que aparezca entre comillas. Todos cometemos errores. Nadie puede ver una situación en su conjunto ni ser totalmente objetivo. Todo el mundo tiene un punto de vista. Ahora bien, si digo que vi una cosa, es que vi esa cosa. No estaba en otra calle, en otro momento, ni me lo contó alguna otra persona mientras tomábamos una copa en el bar del hotel'. Pues eso”.

“Aproximó el reporterismo al arte”

Javier Reverte (periodista y escritor, autor de libros como El sueño de África): “No tengo muchos datos acerca de las revelaciones recientes sobre el trabajo de Kapuscinski, la verdad. Pero yo no lo juzgaría solamente como reportero -¿quién puede demostrar que se inventaba las cosas?-, sino desde la perspectiva de lo que realmente era: un periodista que aproximó como muy pocos el reporterismo al arte. Digamos que estaría en la misma zona que Truman Capote, pero en el otro lado del espejo: Kapu dando lustre artístico al periodismo y Capote tiñendo de realismo al arte. En todo caso, yo siempre me quedaré con el Kapuscinski más lírico, el que escribió Ébano. Es una obra poética, para nada periodística. ¿Y qué me importa si parte de lo que se cuenta en ella no sucedió realmente?”.

“La calidad del relato por encima del informe de los hechos”

Sergio González Rodríguez (periodista y escritor mexicano, autor de libros como Huesos en el desierto): “RK es uno de los grandes renovadores del periodismo internacional, mediante su trabajo de recuperar la calidad del relato por encima del simple informe de los hechos. Su obra implica la creación de una narrativa de índole humanista que influirá en la práctica de la prensa escrita, y en particular en lengua española y en el ámbito latinoamericano

La revelación acerca de inserciones ficticias en un tejido narrativo que hacía pasar por materia factual a mi juicio está lejos de menguar la calidad o el prestigio de la obra de RK. Algo semejante había acontecido ya con el Truman Capote de A sangre fría. En cuanto al dilema de hacerlo o no hacerlo como un reto para los periodistas, me parece que suele ser innecesario acudir a ello: basta una buena observación y registro distintivo de lo acontecido para superar la incidencia de la ficción en un relato de hechos”.

“Le daba voz a gente corriente”

Juan Carlos Tomasi (fotoperiodista especializado en conflictos): “De Kapuscinski puedo decir algo que para mí fue fundamental: me dio proximidad a sus personajes y los trató como a personas. Nunca mejor dicho, se alió persona con personaje. Creo que el primer libro que leí de Kapuscinski fue La guerra del fútbol. Cómo fue, que de un día para otro conocí historias explicadas de una manera tan simple y tan llana que realmente fue un descubrimiento. Recuerdo con especial énfasis la historia de Ben Bella, Bumedian y el Frente de Liberación Nacional argelino. Un reportaje para enmarcar. Igual con El Imperio, El Emperador... le daba voz a gente corriente y por su trabajo -falta de presupuesto en su agencia- tuvo vivencias con personas de los estratos más humildes. Realmente me dio la visión real y humana que me faltaba. El resto…, el resto no me interesa para nada. ¿Realmente lo interesante era su vida o cómo te introducía a sus protagonistas? He tenido la suerte o la desgracia de trabajar con grandes del fotoperiodismo y del periodismo escrito y crees que ahora vamos a explicar el ‘para qué y de qué modo’ Yo creo que lo importante es saber con qué te quedas del mundo y que eso te haga más persona. Kapucinski no nos dio nada a elegir, en eso estaba su grandeza, tan sólo explicaba lo que se movía en su entorno con nombres y caras de personas”.

“Sería desolador que hubiera mentido”

Rosa María Calaf (durante muchos años, hasta su reciente jubilación, corresponsal internacional de Televisión Española): “No he podido seguir la controversia. No he leído la biografía. Si fuera cierto que inventaba para adornar el relato me dolería, como me dolió la transformación de Oriana Fallaci al final de su carrera. Que un referente te falle siempre te deja con la sensación de que has perdido algo. Pero, de momento, no he tenido tiempo para contrastar y formarme una opinión al respecto.

Yo hablé con Kapuscinski -allá por el año 72-, cuando preparaba mi expedición en coche por África, que me llevaría a recorrer unos sesenta mil kilómetros por el continente durante más de un año. Creo que fue un colega mexicano quien me conectó con él. Comentamos mi futuro viaje, pero someramente. No fue un contacto que tuviera continuidad, pero sí me fue útil y orientador.

Después, le he ido leyendo y coincido con su filosofía de la profesión y su forma de trabajar. Probablemente se podría decir que me inspiró en un momento determinado. Su visión de servicio a los más débiles, y de ser la voz de los demás coincide con la mía. Yo soy abogado, además de periodista, y esa idea de buscar el diálogo, de conectar con el otro para comprender, la he tenido siempre. Comparto su convicción de que al informar se contribuye a la creación de opinión pública, de que hay un insoslayable reto y responsabilidad al intentar contar la verdad y, asimismo, su defensa del reporterismo de verdad, el que sale a la calle, y su planteamiento del reportero como intermediario y puente entre culturas.

Hay que estar entre la gente sobre la cual va, quiere o piensa escribir. El periodista debe saber colocarse en el lugar del otro, aprender a respetarlo. Para mí, una de las características del reportero es la empatía, esa habilidad de sentirse, inmediatamente, como uno de la familia. Sería desolador que hubiera mentido. Establecer los principios éticos básicos es sinónimo de establecer las reglas de juego. No se puede separar ética profesional de ética personal. Los medios recrean la realidad y simplifican la enorme complejidad del entorno en el que vivimos. Para que sea inteligible, el gran comunicador es aquel que logra condensar la complejidad en pocas palabras, en pocas ideas y en pocas imágenes, pero ciertas. Y eso es lo que yo querría seguir creyendo que hacía Kapuscinski, lo que yo he tratado de aprender y lo que me gustaría ser capaz de transmitir”.

“Habrá que ver si K ha inventado. Sería lamentable”

Bru Rovira (ex reportero y enviado especial de La Vanguardia durante muchos años, autor de libros como Áfricas): “¡Gran pregunta! De momento me falta información para saber qué se dice exactamente en la famosa biografía... de su alumno y protegido.

Al parecer hay un aspecto político y un aspecto de ‘fantasía’, invención.

Sobre el tema político -de esto sí que he hablado con amigos polacos que ya han leído el libro-, K tuvo relaciones y cartas de un tono pelota importante para poder trabajar en la agencia, y parece que hay algo un poco innecesario en su afán por demostrar que es un buen comunista. Todos los que han trabajado para agencias oficiales -EFE incluida- pasaban por este rollo de demostrar su patriotismo. Pero claro, hay unos límites... Habría que verlo.

Desde luego hay que situarse también en la época, y ver cuándo ocurrió. No es lo mismo la posición de los comunistas antes de Praga, después de la guerra mundial, antes del congreso donde se vieron los crímenes de Stalin, que después. K fue, creo, un comunista... pero también era un cristiano. Cuando hablabas con él de estas cosas, curiosamente decía que los periodistas occidentales durante la guerra fría éramos demasiado poco críticos con el comunismo, y que sólo ellos podían entender lo que era aquello. De malo, se entiende. Así hay que juzgar las cosas, las actitudes, en los contextos históricos.

De todos modos, yo creo que hay un límite. Un límite en la dignidad, el peloteo, la traición, marcado por el imperativo moral. No todo el mundo es santo hasta las últimas consecuencias. Pero la dignidad y el no hacer el ridículo, como diría Josep Pla, nunca se pueden perder.

Y habría que ver qué transgresiones hizo K.

Sobre el inventar, en periodismo hay una sola norma: no se pueden inventar hechos, personas, situaciones, lugares. Es una norma sagrada. Porque de lo contrario perdemos toda credibilidad. Si es lunes, es lunes. Si llueve, llueve. Si estás en Sarajevo no estás en Mostar. Si una persona tiene dos hijos, tiene dos hijos, no los que te convienen para tu crónica. Habrá que ver si K ha inventado. Ha mentido. Sería lamentable.

Otra cosa es este periodismo filosófico suyo, interpretativo: pensar a partir de las cosas que escribes, que reportajeas. La base de este periodismo es que los hechos, los datos, siguen siendo sagrados. Luego dependerá de tu talento o la capacidad que tengas para evocar, ser más o menos literario, filosófico. Cuando uno dice ‘tengo frío’ es legítimo. Incluso más que si dice ‘hace frío’. Pero, quizás, habría que añadir la temperatura que hace para que el lector sepa donde lo subjetivo y la realidad se entrecruzan. Para mí el periodismo debe aprovechar todas las posibilidades que le brinda la escritura... el relato, la entrevista, el monólogo, la crónica. Pero la línea respeta la literatura, la línea que no se puede cruzar es la de la invención. Para esto está la novela. Y no me hagas pensar en si la ficción es más verdad que el periodismo, porque tal y como está el periodismo deberíamos aceptar que sí.

Yo era amigo de K. Tenía una muy buena relación. Nuestras conversaciones eran intensas y él, a quien conocí ya de mayor, era un hombre que escuchaba mucho y hablaba concentrándose, midiendo sus palabras. Conocerle fue un gran estímulo. Humanamente me parecía muy próximo, humilde, generoso. Tendré que pasar por este asunto lamentable de leer este libro... para saber. (Por cierto, creo que en España lo están traduciendo, pero me ha llegado que no lo hacen en su totalidad... sería un escándalo, ¿no?)

Al parecer, en el libro también hay un exceso de cotilleo, amores y amoríos, pero esto es lo que se espera de todo reportero. A su mujer es lo que más le molestó, además del asunto comunista.

Mi novia, que es corresponsal de AFP en Dakar, hablando con el corresponsal del New York Times, le preguntó si conocía al gran K, y le confesó que le admiraba a pesar de que la redacción del NYT está completamente dividida sobre K”.

“Hasta los intocables tienen que tener una hoja de servicios inmaculada”

Gervasio Sánchez (fotoperiodista especializado en conflictos, autor de libros como Vidas minadas. Diez años): “Kapuscinski representa el periodismo alternativo, el que se hace atravesando carreteras secundarias, superando infinitos obstáculos, alejado del periodismo de los grandes medios tantas veces sobrevalorado. Las recientes revelaciones no me han hecho perder la fe en este tipo de periodismo en el que siempre he creído. Sus equivocaciones le pertenecen a él y no tienen nada que ver con esa manera de contar tan singular que tenía. Sus equivocaciones también nos recuerdan a todos que hasta los intocables tienen que tener una hoja de servicios inmaculada. Si no, se arriesgan a ser descubiertos. Los jóvenes y no tan jóvenes con prisas -esa histeria por publicar libros y blogs está destrozando el periodismo- deberían recordar que hay que ser antes que parecer. Siempre disfrutaré de sus excelentes libros y artículos aunque también sabré diferenciar lo que es periodismo de lo que es literatura. Si estuviera vivo le pediría que aclarase todas las dudas. Y estoy seguro de que lo haría con honradez. Como está muerto sería importante que sus editores aclarasen a pie de página lo que es real y lo que es inventado. No creo que sea difícil separar la paja del grano”.

“Nunca he confiado en la gente que pontifica”

Plácid García Planas (reportero de La Vanguardia, autor de libros como La revancha del reportero: tras las huellas de siete grandes corresponsales de guerra): “Ryszard Kapuscinski es, esencialmente, un autor que nunca he leído. Puede parecer raro, pero no he leído un solo libro de él. Por dos razones: porque siempre me lo han vendido con demasiado incienso, y nunca he confiado en la gente que pontifica. Y porque -quizá equivocadamente- siempre me ha dado la sensación de que sus libros tienen más de ensayo que de reportaje.

He leído, eso sí, todo sobre la polémica. Y aquí soy tajante: es un torpedo contra nuestra línea de flotación:, la credibilidad. A mí me cuesta demasiado llegar a determinados lugares, encontrar una buena historia y encontrar las palabras que la transporten al lector como para que otro -que se ha pasado la vida pontificándonos de ética- vaya y se invente todo o parte de lo que nos narra. En el fondo, si tenía que inventar significa que no sabía ver el mundo. Porque te aseguro que, por miedo a que no me crean, a veces elimino o matizo cosas alucinantes que veo”.

“Siempre se alineaba con los ganadores”

Pablo Pardo (corresponsal del diario El Mundo en Washington): “Kapuscinski supuso mucho para mí entre los 17 y los 25 años. Recuerdo que me regalaron su libro El Sha o la desmesura del poder a los 17, y justo a esa edad un libro de esa fuerza te impacta. Me fascinó su estrategia de explicar un país a través de una serie de fotos, sin citar personalidades, ni fechas. Me pareció una forma de periodismo formidable. Mi interés continuó con el que para mí es su mejor libro, El Emperador, y con El Imperio.

Pero a medida que fui creciendo Kapuscinski empezó a gustarme menos. Por varios motivos. El primero, porque siempre se alineaba con los ganadores. Su libro sobre el Sha es contra el Sha. Lo mismo que su libro contra Haile Selassie. Su libro sobre Rusia es muy negativo sobre ese país.

No tengo nada en contra de ello, pero me pareció siempre una casualidad sospechosa que K. se alineara siempre con los vencedores y con los que políticamente eran más convenientes en cada momento. Obviamente, trabajando para la Polonia comunista, Mengistu y, hasta cierto punto, Jomeini, eran los buenos. K., sin ser descarado, deja ver sus simpatías de forma muy obvia. Y, finalmente, una vez que la URSS ha dejado de existir, ¿el nacionalismo polaco iba a recibir sin problemas El Imperio? ¿Qué hubiera pasado si hubiera escrito ese último libro en 1985? Que no se lo hubieran dejado publicar y tal vez que él habría sido transferido a la sección de deportes de PAP, la agencia de noticias polaca.

La segunda critica es exactamente a lo que se refiere tu pregunta: la veracidad de sus libros. Particularmente, El Emperador. Toda la descripción de la lucha de poder entre los revolucionarios etíopes y Haile Selassie es demasiado estilizada para ser creíble. No digo que K. mienta, pero sí que selecciona en aras de la tensión dramática. En las últimas páginas, el libro es más una novela, o un cuento de Borges o de Kafka (creo que en la edición española se le compara, acertadamente, con El Castillo), más que un relato periodístico. Lo que no está mal si se presenta el libro como una adaptación libre de un suceso real, un poco al estilo de Le Feu Follet, la novela de Drieu que llevó al cine Louis Malle. Pero no es ese el caso”.

“He leído más a Leguineche que a Kapuscinski”

Mikel Ayestarán (reportero del diario ABC y de la televisión vasca ETB): “Kapuscinski es uno de los gurús del reporterismo del que yo sólo he leído un libro y no he podido con algún otro que he empezado y he dejado a medias. Todo el mundo habla maravillas de su forma de escribir y trabajar, pero para ser sincero, yo conozco más su nombre que su obra. Yo he leído más a Leguineche que a Kapuscinski, así que tengo esta asignatura pendiente. Sus libros descansan en mi biblioteca, así que tarde o temprano me pondré con ellos. Mi problema es que leo más por zonas geográficas que por autores, leo sobre aquellas zonas en las que me toca trabajar y el resto lo dejo bastante de lado

Mi visión de Kapuscinski no ha cambiado. La esencia de su trabajo permanece y eso es lo que reivindican sus seguidores. Esencia, fondo, historias propias… forman parte de la teoría que debería regir en los medios actuales, pero que por desgracia sigue sucumbiendo ante la agencia-dependencia. Los detalles de ficción pueden hacer más atractivos los relatos y ayudar así a que los lectores se enganchen y lleguen al fondo de las historias. Más que manipulación se podría hablar de un recurso literario para lograr su objetivo de transmitir realidades tan lejanas y diferentes”.

“Él contribuyó a crear el personaje Kapuscinski”

Pablo Mediavilla Costa (reportero, vive en Nueva York): “Durante mucho tiempo fue una bandera, una declaración de intenciones periodísticas. Leer a Kapuscinski era un oasis en el desierto de la facultad, de los primeros trabajos como becario, una especie de faro. Una educación alternativa y real. Su calidad narrativa, la originalidad en las formas y en las historias, su misma vida eran, y creo que siguen siendo, un modelo a seguir. Luego, uno va conociendo más los mimbres de la profesión y afina mucho más su juicio. Me sigue pareciendo un enorme periodista, pero veo una diferencia evidente entre sus primeros libros Un día más con vida, El Emperador, El Sha, La guerra del fútbol, El Imperio y Ébano, y el resto de obras publicadas. Quiero decir que sólo me interesa el Kapuscinski periodista, no el filósofo o la leyenda viva en la que se convirtió en últimos tiempos.

Claro que cambió mi opinión y sé que algunas de las obras citadas son, precisamente, las que fueron manipuladas. Pero creo que él -y sus lectores ya lo intuíamos-, desde un principio y conscientemente, contribuyó a crear el personaje Kapuscinski y eso ya es introducir la ficción. Todo eso de las 20 y pico revoluciones que cubrió, ser corresponsal del continente africano para la agencia polaca, su ética siempre impoluta e inquebrantable, etc. Un personaje muy rentable y muy romántico, pero que poco tiene que ver con la práctica cotidiana del oficio lleno de errores, de flaquezas, de derrotas. Cualquiera que haya intentado trabajar en esto sabe lo difícil y costoso que es contar una buena historia, contrastada y fiel a la verdad de los hechos -la única aspiración posible del periodismo-. En este sentido, sus relatos, vistos desde la experiencia, se aparecen como demasiado perfectos y cerrados.

Desconozco el alcance de sus mentiras y, probablemente, sea ya imposible saber cuánta ficción puso en su obra. En todo caso y, a falta de nuevas revelaciones, gran parte de su legado permanecerá. El objetivo ahora es hacer lo que él hizo, pero sin mentir. Creo que hay muchos buenos periodistas que están en posición de conseguirlo. Al final, Kapuscinski es la vara de medir, uno de los listones más altos.

Afortunadamente, el buen periodismo no empieza ni acaba con él, ni con nadie. El mejor periodismo está por llegar”.

Madrid, 30 de agosto, 2010

* Alfonso Armada es reportero y editor de fronterad, donde ha publicado Adiós a Matiora

www.fronterad.com/
Iñaki Gabilondo

“En periodismo lo que vale es el criterio, no los cachorritos”

Ana González
11.03.2011
Foto - Crédito Carlos Alberto Sourdis


El periodista español Iñaki Gabilondo, ganador del Premio Nuevo Periodismo CEMEX+FNPI en 2008, presentó su libro “El fin de una época” en el que expone la importancia de entender el periodismo como una actividad de responsabilidad pública vinculada al bienestar social, para él, “creer que el periodismo no tiene una responsabilidad social es una condena de muerte para el periodista, por este camino el periodismo morirá, y pronto”.

Gabilondo habló con el diariosevilla.es sobre su libro, la situación actual del periodismo y la crisis que atraviesan los medios, además, también se refirió a la importancia de establecer una barrera ética para proteger el oficio de la necesidad de ganar audiencias y de la influencia de los poderes para proteger la libertad de expresión

Durante los últimos 45 años de profesión ha visto la vida desde un palco en preferente. Ha sido testigo en primera fila de la salida del franquismo, la llegada de la democracia, el golpe de Estado... Después de tantos años de vida profesional Iñaki Gabilondo (San Sebastián, 1942) ha dado por cerrada una etapa, ha bajado el balón al suelo y ha lanzado unas cuantas ideas para ordenar la confusión que reina en los últimos tiempos en el mundo del periodismo. Se pueden leer en su libro El fin de una época.

-Su nuevo libro anuncia un periodo en el que ya estamos instalados. ¿Cómo es este nuevo mundo?

-Es difícil responder porque está desmoronándose un mundo y se está apuntando otro, pero ni uno se ha desmoronado ni el otro se ha perfilado. Lo que sí sé es que estas situaciones suelen introducir mucha confusión y es bueno tener cuatro o cinco ideas sobre el periodismo muy claras.

-La primera...

-El periodismo es una actividad de responsabilidad pública y conviene recordarlo porque hoy parece que el periodismo se legitima porque tengas muchos espectadores, oyentes o lectores, y eso está muy bien pero no hay que olvidar que hay una responsabilidad pública. Me crié convencido de que el periodismo tiene una responsabilidad social y me moriré creyéndolo.

-¿Tiene futuro el periodismo?

-Los periodistas van a sobrevivir en la medida en que sean útiles a la sociedad y van a ser derrotados por la propaganda en la medida en que no ejerzan esta utilidad y se conviertan en herramientas del poder, instrumentos de otro tipo de intereses. Creer que el periodismo no tiene una responsabilidad social es una condena de muerte para el periodista, por este camino el periodismo morirá, y pronto.

-Hay más de 3.500 periodistas que han perdido su trabajo en esta crisis y la credibilidad de nuestra profesión no atraviesa su mejor momento.

-Siempre digo que el mayor enemigo de la libertad de expresión es el paro, los contrato basura. Un periodista en estas circunstancias tan frágiles es muy fácilmente maleable. Entiendo estas circunstancias y no le digo a nadie lo que tiene que hacer pero ante estas adversidades es conveniente tener claro en qué consiste este oficio. Como consecuencia de la precariedad laboral se están haciendo cosas que no se deben hacer. A lo mejor no hay otro remedio, pero que se sepa que no se pueden hacer determinadas cosas en nombre de la libertad de expresión. No se puede andar contándole a la gente las interioridades y las miserias de determinadas personas en nombre de la libertad de expresión, porque nada tienen que ver. Si estas personas tienen que sobrevivir haciendo cosas que yo he tenido la suerte de no tener que hacer, pues no las voy a juzgar pero les tengo que decir que no se equivoquen creyendo que lo que están haciendo es periodismo.

-Su libro va dedicado "A aquellos de los que se ríen cuando dicen que van a ser periodistas". ¿Qué consejo le daría a los estudiantes de Periodismo?

-En esta época de confusión les diría que no se preocupasen por las herramientas, por los cacharritos. Los artilugios tecnológicos los vamos a aprender, y los que ahora conocemos, dentro de 15 días no sirven. La clave es tener criterio. La pregunta es ¿tenéis cosas que decir?, ¿os estais preocupando por conocer al otro? La realidad social es vuestra actividad y ya la desarrollaréis con las herramientas que toque. Lo importante es tener algo en la cabeza, que te importe lo común, lo público. Nuestro oficio versa sobre la sociedad. Así como el ebanista trabaja con madera, nosotros trabajamos con la gente y sus derechos, así que si no te importa la gente, ni lo público ni sus derechos, pon una mercería en Albacete y no te dediques al periodismo.

-¿Y a las empresas periodísticas?

-Hay que parapetarse en una barrera ética. El periodismo debe marcar posiciones (las informaciones no se dan si no se confirman, hay temas en los que no entramos...) Sería muy bueno que pudiéramos fabricar algo así. Y si no se puede, por lo menos que quede claro dónde está la raya. O el periodismo establece esa barrera ética o todos los poderes para ganar más audiencias irán rompiendo barreras que irán derribando en nombre de la libertad de expresión.

www.diariodesevilla.es/

Estupendo reportaje sobre la recogida de la fresa en Huelva

Víctimas del oro rojo

Temporeras extranjeras denuncian abusos de sus patronos en la recogida de fresa en Huelva - La explotación sexual en el campo es un secreto a voces, pero nunca hasta ahora han prosperado acusaciones contra los responsables de una actividad competitiva en Europa

Por JERÓNIMO ANDREU Y LIDIA JIMÉNEZ


Los patronos se deslizaban por la noche en los barracones de las trabajadoras marroquíes. Las casas, prefabricados llenos de literas, quedan en medio del campo, perdidas entre los invernaderos de fresas, a kilómetros del pueblo más cercano.

Levantaban las sábanas y contemplaban el cuerpo de las mujeres desnudas sobre la cama. Luego pasaban al baño. Si alguna se estaba duchando, la obligaban a continuar delante de ellos. Y después:

-O te dejas, o te quedas sin trabajo. Dos denuncias de abusos sexuales contra cinco patronos españoles presentadas por ocho mujeres marroquíes de entre 18 y 30 años siguen su curso en juzgados de Huelva. Hasta ahora, las trabajadoras de la fresa (mayoritariamente marroquíes, rumanas y polacas) que cada año recogen 250.000 toneladas de frutos nunca habían levantado la voz contra empresarios y encargados. Contra otros extranjeros responsables de agresiones y violaciones, sí -en los andenes de las carreteras, en los campos de noche, a las puertas de las discotecas-, pero las acusaciones no tocaban a los jefes y, en los contados casos en que lo hacían, no llegaban a juicio. Todo a pesar de que hace 20 años que en Huelva se habla de visitas nocturnas a la caseta de las mujeres.

- O eres buena conmigo, o no vuelves el año que viene.

Eso es lo que presuntamente los acusados, de Palos de la Frontera y Moguer, susurraban al oído de sus víctimas. Mujeres que soportaban el acoso a cambio de no ser despedidas. El fiscal de extranjería de la Audiencia Provincial de Huelva, Miguel Ángel Arias, ha reconocido la existencia de ambos procesos.

El primero nace de la denuncia que cuatro chicas interpusieron en abril de 2009 contra el propietario de la finca en la que trabajaban, su hijo y un encargado, todos entre 30 y 55 años. Les acusan de coacción, amenazas y acoso sexual continuado. Las humillaciones se trasladaban al campo. Si no se portaban como ellos querían, les prohibían ir al baño y beber agua a 40 grados bajo el sol. "Hazme caso o te cuento menos cajas", recuerda una de las mujeres que le decía riendo el encargado. El regreso de la trabajadora al año siguiente depende siempre de los kilos recogidos.

Las víctimas permanecieron calladas durante tres meses. Fue un testigo, un trabajador rumano, quien se personó ante la Guardia Civil de Moguer. Los agentes se encontraron en la finca con un amplio relato de horrores. El juzgado de la localidad entendió que existían suficientes indicios y envió el caso a la Audiencia Provincial de Huelva, en donde se espera el juicio para el otoño.

El segundo proceso está en fase de investigación. A finales de la campaña pasada, en junio, otras cuatro marroquíes de una finca de Palos de la Frontera denunciaron acoso sexual directo bajo amenaza. Los argumentos de los agresores eran los mismos: tenían que ser "buenas". Presuntamente se consumaron actos sexuales en numerosas ocasiones. A este cuadro habrá que añadirle un delito de prostitución coactiva si llega a probarse que el jefe recibió dinero de amigos a cambio de franquearles el acceso a las chicas.

Que tras una denuncia contra los patronos se llegue a juicio es tan infrecuente que la Guardia Civil decidió grabar todos los testimonios para que no se frene el proceso si las mujeres desaparecen. Fuentes judiciales apuntan la extrema complejidad del asunto: "En muchos casos hablamos de consentimiento viciado. Los empresarios no tienen ni que forzarlas. La situación de desprotección absoluta predispone todo. No hay uso de fuerza, no les ponen un cuchillo al cuello".

El presidente de la Asociación de Productores y Exportadores de Fresa de Huelva (Freshuelva), Alberto Garrocho, no ha oído hablar de las denuncias, y recuerda que estos casos son delicados porque pueden esconder venganzas o chantajes. Pero para eso haría falta denunciar, y eso no es lo más común: "Yo sólo recuerdo un caso en el que se hayan visto envueltos mis asociados. Además, se desechó enseguida su culpabilidad", cuenta.

Resulta difícil encontrar en Huelva a alguien que acepte hablar mal de la fresa a cara descubierta. El fruto se conoce como el "oro rojo" y factura anualmente 320 millones de euros. Guardia Civil, jueces, políticos, empresarios, periodistas... Todo el mundo ha oído algo sobre abusos, pero no es un tema de conversación agradable: la fresa es el sustento de media provincia. Hace dos semanas, una campaña institucional intentaba relanzar su proyección internacional después de que una serie de documentales en Francia y Alemania hayan atacado las condiciones de trabajo y el desgaste medioambiental que supone el cultivo. Probablemente la indignación europea no sea completamente altruista: la presión de Huelva, que exporta el 80% de su producción, está siendo atroz para los freseros de Europa central, que han encontrado en la buena voluntad de ecologistas y activistas un asidero para relanzar su producto contra la "perversa" agricultura española.

La cosecha de este año, a punto de finalizar, ha empleado a unas 65.000 personas, bastantes menos que otros años debido a la crisis económica y a las pérdidas provocadas por el temporal del invierno. El cupo mayor lo componen 50.000 trabajadoras locales, es decir, extranjeras con residencia en España, europeas (rumanas y polacas) y un mínimo de españolas. La situación más dura corresponde a las marroquíes contratadas en origen, que deben abandonar sus países durante cinco meses. Este año han sido unas 4.500, un contingente muy inferior a los 35.000 extranjeros que acudieron a Huelva en 2005, cuando los nacionales cambiaron el campo por El Dorado del ladrillo. Los empresarios prefieren mujeres por una retahíla infinita de argumentos (mansedumbre, resistencia al dolor después de horas agachadas...), pero sobre todo porque conservan lazos familiares que les invitan a regresar a sus países. Tener niños suma puntos a la hora de lograr un contrato.

Pese a las suspicacias que pueda suscitar la cruzada europea, la realidad de la fresa es indiscutiblemente dura. Desde que el reportaje La rançon de la fraise (El precio a pagar por la fresa) de France5 señaló los invernaderos onubenses, Europa los observa con lupa. Una delegación de eurodiputados los visitó hace casi un mes para elaborar un informe. "No me quedan ganas de comer fresas", anunció la eurodiputada de los Verdes Hélène Flautre al fin de la inspección. La francesa calificó la situación de "trágica". Protestó por la ausencia de agua potable, el hacinamiento y la "complicada" situación de las mujeres, "muy vulnerables y absolutamente dependientes de su empleador". Lejos de los gritos de indignación de Bruselas, en su despacho un abogado de oficio de Moguer pasa silenciosamente las páginas de una agenda: dos o tres casos de violencia de género por semana, alguna rueda de reconocimiento por violación... Un paseo por varios bufetes del pueblo deja un muestrario de historias terribles. "Tres marroquíes a una polaca", rememora un letrado: "Lo más frío que he visto. Uno de los acusados afirmó que ella le pidió que lo hiciera. Claro: dos ya la habían violado y ella quería terminar".

Todos los abogados coinciden en que les llegan muy pocos abusos por parte de patronos. Aun así, son capaces de enumerar varios. Por ejemplo, el de una chica que presentó una denuncia jurídicamente redonda después de que su jefe la subiera a un coche y la violase. Recordaba el modelo del vehículo, la matrícula, habían quedado huellas de los zapatos de él en el barro... Pero a última hora la mujer retiró la denuncia y desapareció. "Le pagó", dice el abogado. Hay más historias: "Cuatro polacas; una de ellas denunció porque un pariente suyo conocido en el pueblo tomó la iniciativa. Un chico de la finca iba allí con otros tres amigos y se aprovechaban de ellas".

El riesgo total en el que viven las braceras queda confirmado por una visita al cuartel de la Guardia Civil de Mazagón. Un agente relata llamadas de mujeres acorraladas en sus barracones por borrachos que intentan entrar.

Mujeres acosadas. Para verlo basta con pasear por la tarde por la carretera de Moguer a Palos. En los lindes no hay pinos ni vegetación, sólo el plástico de los invernaderos, un océano y, más allá, el skyline humeante del polo químico. Por el arcén camina una procesión de trabajadoras tras hacer la compra en el pueblo más cercano. Algunas, cubiertas con pañuelos; otras, las europeas del Este, a menudo escotadas y con grandes aros. Dos hombres marroquíes se acercan a un grupo de chicas cargadas de bolsas. Les dicen algo; las mujeres se alejan con cara de asco. Unos metros más allá les esperan tres subsaharianos desocupados, habitantes de los poblados chabolistas que abundan en la zona: las devoran con los ojos.

El sexo y la dominación son componentes de la crónica privada del campo onubense. Las mujeres trabajan con camisetas anudadas por encima del ombligo. No quieren gustar a nadie, explican en voz baja; simplemente, no soportan el calor. A la hora de recoger la mercancía, camioneros y capataces se pasean entre ellas. Se detienen y lanzan algún piropo no demasiado elegante. Las muestras de hombría se aplauden. "Ser guapa no siempre es bueno", sentencia el dueño de un cibercafé de Mazagón al que las chicas acuden para llamar a casa. Allí dice que le cuentan todo tipo de violaciones, agresiones, maltratos, abusos de poder... pero, a la hora de la verdad, ninguna quiere oficializarlo.

Acosadas, abusadas y también moneda de cambio. En la finca El Morcillo se destapó en 2008 una trama de corrupción que desembocó en la imputación de cuatro técnicos de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía. Los funcionarios hacían la vista gorda a la hora de denunciar la destrucción de monte público para convertirlo en terreno agrícola. En la investigación aparecieron fotos de chicas abrazadas a los guardias, y en las casas forestales, preservativos.

Una de las naves en terreno ilegal estaba destinada a fiestas con las inmigrantes. La sala-discoteca se iluminada con luces tenues y tenía una barra para servir bebidas. El trasiego de coches era constante, tanto que la policía llegó a sospechar que existiera una red de prostitución. Las chicas declararon que eran "novias" de los imputados. El juicio se celebrará en los próximos meses y el fiscal solicita 20 años de prisión por cohecho, negociaciones prohibidas y omisión del deber de denunciar delitos. "Esos cargos están muy claros, pero en lo sexual no se puede demostrar nada más allá de que existía un trato de favor hacia las chicas que los guardias identificaron como sus novias", apunta una fuente de la investigación. Entre los beneficios, las mujeres trabajaban menos horas y contaban con habitaciones individuales.

El de El Morcillo puede parecer un caso en el que se difumina la relación explotador-explotado. Las braceras proceden en muchos casos de realidades sociales duras. En España recolectan fresas durante seis horas y media diarias y, en ocasiones, después trabajan por la noche en los almacenes. La recompensa por jornada es de unos 36 euros, como marca el convenio del campo más bajo de Andalucía (junto al de Almería, reina de la fórmula "invernaderos e inmigrantes"). Caer en los juegos de seducción de los patronos puede resultar rentable, repiten muchas de las fuentes consultadas.

Pero no hay que perder de vista que hay ocasiones en las que no queda opción: aceptar los envites del patrón puede ser la única alternativa, más aún cuando se han detectado casos de mujeres que pagan altas cifras en sus países para conseguir un contrato. Con deudas, hijos, etc. es difícil negarse a nada, ni resistir amenazas.

El silencio es una consecuencia lógica. Ante los abusos sexuales algunas mujeres no sólo temen perder el trabajo, también quedar señaladas, convertidas a ojos de los demás en fresas podridas. "Si se entera su familia, es un problema", explica el secretario general del Sindicato de Obreros del Campo, Diego Cañamero. "No tienen una mentalidad reivindicativa ni feminista. Temen que las culpen a ellas".

Plantarse nunca es fácil. Shadia, de 25 años, lo hizo. Como muchas marroquíes, llegó a Huelva dejando en su país a un niño de pocos meses y empezó a trabajar en las fincas. Pero ante la presión de su jefe -un empresario español- para que mantuviera relaciones con él, se despidió a las seis semanas. "Le gustaban las chicas que venían de Marruecos", cuenta. "Cuando una no quería estar con él, la mandaba de vuelta a casa. Muchas decían que sí, pero yo no quería eso, así que me fui a Almería. Desde entonces he tenido muchos problemas por los papeles, pero lo prefiero".

En los invernaderos se suda y se sufre, pero afuera hace frío. Así lo relata Milouda. Añora con todas sus fuerzas los años en los que trabajaba en la fresa. Quiso quedarse en España, se convirtió en una ilegal y ahora en ninguna finca quieren contratarla. Vive de la prostitución, y habla de clientes viejos que le hacen cosas que no quiere. Ese parece ser el destino de parte de las mujeres que pasan por la fresa: terminar haciendo cosas que no querían. El presidente de Freshuelva insiste en que no puede demonizarse a la ligera un negocio del que viven miles de familias, pero es innegable que los invernaderos y barracones mueven mucho dinero, tanto como para crear una euforia similar al sentimiento de impunidad. Un caldo de cultivo ideal para el abuso de poder. -

"Uno de los acusados afirmó que ella le pidió que lo hiciera. Claro: dos ya la habían violado y ella quería terminar" Decir "no" nunca es fácil. Shadia, de 25 años, lo hizo. "Desde entonces he tenido problemas por los papeles, pero lo prefiero"


http://www.elpais.es/
Diego Salazar: «La entrevista se ha convertido paradójicamente en la excusa para no hacer periodismo»


La curiosidad del periodista y una correcta documentación previa son algunas de las claves de un buen trabajo - Y el periodismo, con suerte, puede ser muchas cosas, pero debería evitar convertirse en un mero artefacto publicitario

07.03.2011
Periodista, editor y traductor, estas son sólo algunas de las facetas de Diego Salazar. Un peruano que nació en Lima en 1981 y que reside en Madrid desde hace diez años. Salazar colabora con distintas publicaciones de España y Latinoamérica, entre las que destacan “Letras Libres”, “El Malpensante”, “Zona de Obra”s o “Etiqueta Negra”. En las dos últimas ejerce, además, como editor asociado. Desde el año 2010, es profesor de crónica en el Máster de Periodismo ABC - Universidad Complutense de Madrid y, hoy, el encargado de impartir el primer taller de la XII edición del Congreso de Periodismo Digital bajo el nombre “La entrevista: una herramienta devenida en género. Apuntes para desenredar un peligroso malentendido”.


PREGUNTA.- ¿Cómo ve en la actualidad el uso de la entrevista en los medios de comunicación de España?

RESPUESTA.- Este tipo de preguntas tiene siempre bastante peligro, empezando porque yo mismo hago y publico entrevistas en medios de España, así que todo lo que diga, como reza la cláusula o advertencia Miranda, podrá ser usado en mi contra. Tengo la sensación de que muchas veces los medios escritos españoles, pero no solo los españoles, tratan la entrevista como si esta fuera televisiva, es decir, como un espectáculo en sí mismo y no como una herramienta de conocimiento. La entrevista televisiva, debido al medio que la aloja, tiene unos códigos definidos que, por diferentes razones, parece que hemos ido trasladando, o más bien intentando trasladar, a la prensa escrita. Es decir, muchas veces para mostrar un diálogo agradable, fluido y “espectacular”, los periodistas renunciamos a repreguntar o corroborar las afirmaciones u opiniones del entrevistado. Como resultado, la entrevista se convierte en una especie de artefacto publicitario al servicio del entrevistado. Y el periodismo, con suerte, puede ser muchas cosas, pero debería evitar convertirse en un mero artefacto publicitario.

P.- ¿Cuáles son las reglas de una buena entrevista?

R.- Lo primero, y fundamental es informarse. Parece una perogrullada, pero no lo es. Creo que la condición “sine qua non” para realizar una buena entrevista es poseer la información, los datos, el background necesario para enfrentarse a la persona a quien debemos entrevistar. Enfrentarse no en un sentido bélico, ni mucho menos, sino en el sentido de ponerse frente a frente. Fuera de eso, no creo que existan unas reglas estrictas a la hora de realizarlas, para empezar porque hay muchos tipos de entrevistas, con objetivos distintos y que requieren de procedimientos diferentes. Lo que sí hay, creo, son algunos instrumentos, pero espero que no le parezca mal que me reserve su explicación para el taller del día 7.

P.- ¿Qué debe tener un buen entrevistador?

R.- Curiosidad, sobre todo. La entrevista es una estupenda herramienta de conocimiento y, claro, la condición ineludible para adquirir conocimiento es tener una inmensa curiosidad.

P.- ¿Qué van a aprender las personas que acudan al taller del día 7?

R.- Como dice el tópico, esa es una muy buena pregunta…que espero responder el día 7 junto con las personas que asistan al taller.

P.- En el título del taller se alude a “desenredar un peligroso malentendido”, ¿de qué se trata?

P.- La entrevista es una valiosa herramienta periodística, que por diferentes motivos, algunos de ellos tan poco defendibles como la pereza, la comodidad o el sometimiento a los dictámenes de los departamentos de marketing y las agencias de comunicación, los periodistas hemos convertido en un género en sí mismo, y lo que es peor, en un género muchas veces muy poco conseguido, bastante maltratado. Es un método de conocimiento y una de las mejores maneras que tiene un periodista a la hora de obtener información, pero, de un tiempo a esta parte, los periódicos y las revistas han pasado a privilegiar en sus páginas ese intercambio entre el periodista y su entrevistado, muchas veces incompleto, falto de contexto, exento de cualquier tipo de repregunta o verificación, en detrimento del reportaje o la crónica. Da la impresión de que la entrevista, sus lucecitas y fuegos artificiales e inmediatez, se han convertido, paradójicamente, en la excusa perfecta para no hacer periodismo y aún así seguir llenando páginas en los medios.

P.- ¿Con cuál de todas las entrevistas que ha realizado se queda, y por qué?

R.- Para ser sincero, nunca me lo había planteado. He hecho ya unas cuantas en mi corta vida como periodista, algunas interesantes y otras bastante entretenidas. Esto último responde muchas veces a las peculiares condiciones en que se debieron realizar las entrevistas o a ciertas características particulares del entrevistado. Estoy pensando, por ejemplo, en la entrevista que le hice a Carla Bruni, antes de que se convirtiera en la señora Sarkozy. Recuerdo que la señorita Bruni se puso a cantar y bailar en plena conversación; o en una muy extensa que hice con el músico Andrés Calamaro, que empezó a las 10, 00 horas en el hall de su hotel y terminó a las 16,00 o 17,00 horas en el estudio de Javier Limón con una especie de concierto privado cortesía de Calamaro. Esas fueron muy entretenidas, cómo negarlo, pero creo que me quedo con aquellas que me han servido no como entrevistas en sí mismas, sino como parte del proceso de investigación de una crónica, de una historia más extensa.

P.- Y por último, si pudiera entrevistar a cualquier personaje de la Historia, ¿quién sería, y cómo abriría la entrevista?

R.- Lo siento, pero no soy capaz de responder. Siempre tengo problemas con este tipo de preguntas, me pasa lo mismo con aquella que reza “¿Qué libros se llevaría a una isla desierta?” O esa otra que dice “Si tuviera tres deseos…” Son situaciones, como poco, bastante improbables, así que prefiero no ponerme en situación de responderlas.


Ignacio Escolar:
«Lo importante no es el soporte, sino el contenido»

Ignacio Escolar, que reconoció tener cierta fijación por las causas perdidas, ha señalado que apuesta día a día por el papel para este tipo de periodismo, sin menoscabo de su futuro digital.
A.Delgado, M. Muñoz, J. TahariI11;03.2011

¿Cuál es el lugar de los reportajes de «largo aliento» en ese mundo de fugacidad que es internet? A esta pregunta ha tratado de responder la ponencia «Reportajes de Libro» del Congreso de Periodismo Digital de Huesca, en la que han participado el periodista Ignacio Escolar y Alfonso Armada, director del Máster de ABC, así como los editores Diego Salazar y Miguel Aguilar.

Ignacio Escolar ha asegurado que se está «centrifugando la realidad». Y eso hace que muchas historias queden fuera de los periódicos. Escolar, que reconoció tener cierta fijación por las causas perdidas, ha señalado que apuesta día a día por el papel para este tipo de periodismo, sin menoscabo de su futuro digital. Por su parte, Aguilar apuntó que «en 140 caracteres es muy difícil contar la realidad con profundidad, hay que añadir reflexión y análisis. Sin embargo, Twitter funciona de otra forma: está pasando, lo estás viendo pero no te enteras de nada».

El trabajo es lo que marca la diferencia entre los reportajes y la inmediatez del periodismo actual. «Acostumbrado a escribir en 140 caracteres, redactar un libro es como correr una maratón», explicó Escolar. Armada, al hilo de este asunto, rememoró el espíritu de libros como «Hiroshima» de John Hersey y «Elogiemos ahora a hombres famosos» de James Agee. «Hay una necesidad de contar historias profundas y con pausa en los tiempos actuales», explicó. Cree que se debería apostar por ese tipo de reporterismo en unos periódicos «sumidos en una lucha absurda por la actualidad cuando se quedan obsoletos antes de salir». El director del Máster de ABC concluyó recordando que el debate no está tanto sobre el soporte que se utiliza para contar historias, sino sobre el enfoque que deben tener.

30% de libros en formato digital
En una contraposición constante entre la brevedad de un «tweet» y el reposo de un gran reportaje, Salazar afirmó que todo periodista tiene que ser capaz de adaptarse a distintos registros. «Twitter puede ser periodismo, pero no siempre lo es. Lo que hay que hacer es apostar por el contenido, que sea bueno, y que sea el lector el que decida donde leerlo». «Los límites de los soportes digitales han desaparecido con las tabletas», dijo Escolar.

Aguilar coincidió en señalar las grandes oportunidades de esta herramienta: «En EE.UU. en torno al 30% de los libros se venden en formato digital. Es lógico pensar que en España pase lo mismo en un futuro». Por otra parte, Salazar planteó la escritura colaborativa como un modelo interesante que puede desarrollarse en este contexto.

La principal conclusión a la que llegó esta mesa redonda es que el exceso de información no es útil para explicar la realidad a la gente. En este sentido, las historias de largo aliento, frente al bombardeo de informaciones cortas, pueden convertirse en una plataforma que permita observar el contexto y analizarla con profundidad. «El mundo se ha vuelto confuso. Hay que explicar hacia dónde vamos y los periódicos no lo hacen», concluyó Alfonso Armada.

http://www.abc.es/

The Washington Post: "Top Secret America"



A note on this project

"Top Secret America" is a project nearly two years in the making that describes the huge national security buildup in the United States after the Sept. 11, 2001, attacks.

When it comes to national security, all too often no expense is spared and few questions are asked - with the result an enterprise so massive that nobody in government has a full understanding of it. It is, as Dana Priest and William M. Arkin have found, ubiquitous, often inefficient and mostly invisible to the people it is meant to protect and who fund it.

The articles in this series and an online database at topsecretamerica.com depict the scope and complexity of the government's national security program through interactive maps and other graphics. Every data point on the Web site is substantiated by at least two public records.

Because of the nature of this project, we allowed government officials to see the Web site several months ago and asked them to tell us of any specific concerns. They offered none at that time. As the project evolved, we shared the Web site's revised capabilities. Again, we asked for specific concerns. One government body objected to certain data points on the site and explained why; we removed those items. Another agency objected that the entire Web site could pose a national security risk but declined to offer specific comments.
We made other public safety judgments about how much information to show on the Web site. For instance, we used the addresses of company headquarters buildings, information which, in most cases, is available on companies' own Web sites, but we limited the degree to which readers can use the zoom function on maps to pinpoint those or other locations.

Our maps show the headquarters buildings of the largest government agencies involved in top-secret work. A user can also see the cities and towns where the government conducts top-secret work in the United States, but not the specific locations, companies or agencies involved.

Within a responsible framework, our objective is to provide as much information as possible, so readers gain a real, granular understanding of the scale and breadth of the top-secret world we are describing.
We look forward to your feedback and can be reached at topsecretamerica@washpost.com.
- The Editors

Methodology and credits

The Top Secret America database was put together by compiling hundreds of thousands of public records of government organizations and private-sector companies over the past two years.

From these records, The Washington Post identified 45 government organizations (for example, the FBI) engaged in top-secret work and determined that those 45 organizations could be broken down into 1,271 sub-units (for example, the Terrorist Screening Center of the FBI). One of the 45 organizations is represented as “unknown”; this category was created as a catchall for companies doing work for a government organization that could not be determined.

At the private-sector level, The Post identified 1,931 companies engaged in top-secret work for the government. Private-sector companies were grouped together and listed by a parent company's name (for example, General Dynamics), even though one company might contain multiple sub-units (for example, General Dynamics Information Technology).

In a case where a large corporation (for example, Boeing) has a distinctly named sub-unit engaged in top-secret work (for example, Boeing's Digital Receiver Technology), the name of the sub-unit was used. In the case of large corporations not primarily in the defense industry (for example, AT&T) that have similarly named sub-units that focus on top-secret work (for example, AT&T Government Solutions), the name of the parent company is used and the name of the sub-unit is noted. For every company listed, revenue and employee data and the date of establishment were drawn from public filings, Dun & Bradstreet data and original reporting.

State and local government organizations generally do not work at the top-secret level; that type of clearance is rarely granted to state officials. But the organizations are all part of a secretive domestic intelligence and homeland security world. The Post examined nearly 1,000 threat documents marked "For Official Use Only" and collected information from government Web sites, reports and other documents to identify 4,058 government organizations involved in domestic counterterrorism and homeland security. Of the total, 2,880 are federal organizations that work at the state level, such as the FBI's Joint Terrorism Task Forces (JTTFs). There are also 818 state and 360 local organizations. Many of these listed themselves in documents as participants in either Joint Terrorism Task Forces, fusion centers or Anti-Terrorism Advisory Councils in 2009 or 2010

More than 20 journalists worked on the investigation, including investigative reporters, cartography experts, database reporters, video journalists, researchers, interactive graphic designers, digital designers, graphic designers, and graphics editors at The Washington Post:


Stephanie Clark, Ben de la Cruz, Kat Downs, Dan Drinkard, Anne Ferguson-Rohrer, Justin Ferrell, David Finkel, Jennifer Jenkins, Robert Kaiser, Laris Karklis, Jacqueline Kazil, Lauren Keane, Todd Lindeman, Greg Manifold, Jennifer Morehead, Bonnie Jo Mount, Larry Nista, Ryan O’Neil, Sarah Sampsel, Whitney Shefte, Laura Stanton, Julie Tate, Doris Truong, Nathaniel Vaughn Kelso, Michael Williamson, Karen Yourish, Amanda Zamora




The reporters

Dana Priest
Investigative reporter Dana Priest has been The Washington Post's intelligence, Pentagon and health-care reporter. She has won numerous awards, including the 2008 Pulitzer Prize for public service for "The Other Walter Reed" and the 2006 Pulitzer for beat reporting for her work on CIA secret prisons and counterterrorism operations overseas. She is author of the 2003 book, "The Mission: Waging War and Keeping Peace With America's Military, (W.W. Norton).

William M. Arkin
William M. Arkin has been a columnist and reporter with The Washington Post and washingtonpost.com since 1998. He has worked on the subject of government secrecy and national security affairs for more than 30 years. He has authored or co-authored more than a dozen books about the U.S. military and national security.



Monitoring America

Correction to this article: An earlier version of this article contained several incorrect numbers that have since been updated. The errors occurred because of the accidental duplication of 74 records in a database of over 4,000 counterterrorism organizations that The Post assembled. While not affecting the overall conclusions of the article, the 74 duplications mean that there are 3,984 federal, state and local organizations working on domestic counterterrorism, not 4,058. Of the total, the number created since the 2001 attacks is 934, not 935.

Nine years after the terrorist attacks of 2001, the United States is assembling a vast domestic intelligence apparatus to collect information about Americans, using the FBI, local police, state homeland security offices and military criminal investigators.

The system, by far the largest and most technologically sophisticated in the nation's history, collects, stores and analyzes information about thousands of U.S. citizens and residents, many of whom have not been accused of any wrongdoing.

The government's goal is to have every state and local law enforcement agency in the country feed information to Washington to buttress the work of the FBI, which is in charge of terrorism investigations in the United States.

Other democracies - Britain and Israel, to name two - are well acquainted with such domestic security measures. But for the United States, the sum of these new activities represents a new level of governmental scrutiny.

This localized intelligence apparatus is part of a larger Top Secret America created since the attacks. In July, The Washington Post described an alternative geography of the United States, one that has grown so large, unwieldy and secretive that no one knows how much money it costs, how many people it employs or how many programs exist within it.

Today's story, along with related material on The Post's Web site, examines how Top Secret America plays out at the local level. It describes a web of 3,984 federal, state and local organizations, each with its own counterterrorism responsibilities and jurisdictions. At least 934 of these organizations have been created since the 2001 attacks or became involved in counterterrorism for the first time after 9/11.

(Search our database for your state to find a detailed profile of counterterrorism efforts in your community.)

The months-long investigation, based on nearly 100 interviews and 1,000 documents, found that:

* Technologies and techniques honed for use on the battlefields of Iraq and Afghanistan have migrated into the hands of law enforcement agencies in America.

* The FBI is building a database with the names and certain personal information, such as employment history, of thousands of U.S. citizens and residents whom a local police officer or a fellow citizen believed to be acting suspiciously. It is accessible to an increasing number of local law enforcement and military criminal investigators, increasing concerns that it could somehow end up in the public domain.

* Seeking to learn more about Islam and terrorism, some law enforcement agencies have hired as trainers self-described experts whose extremist views on Islam and terrorism are considered inaccurate and counterproductive by the FBI and U.S. intelligence agencies.

* The Department of Homeland Security sends its state and local partners intelligence reports with little meaningful guidance, and state reports have sometimes inappropriately reported on lawful meetings.

The need to identify U.S.-born or naturalized citizens who are planning violent attacks is more urgent than ever, U.S. intelligence officials say. This month's FBI sting operation involving a Baltimore construction worker who allegedly planned to bomb a Maryland military recruiting station is the latest example. It followed a similar arrest of a Somali-born naturalized U.S. citizen allegedly seeking to detonate a bomb near a Christmas tree lighting ceremony in Portland, Ore. There have been nearly two dozen other cases just this year.

"The old view that 'if we fight the terrorists abroad, we won't have to fight them here' is just that - the old view," Homeland Security Secretary Janet Napolitano told police and firefighters recently.

The Obama administration heralds this local approach as a much-needed evolution in the way the country confronts terrorism.

However, just as at the federal level, the effectiveness of these programs, as well as their cost, is difficult to determine. The Department of Homeland Security, for example, does not know how much money it spends each year on what are known as state fusion centers, which bring together and analyze information from various agencies within a state.

The total cost of the localized system is also hard to gauge. The DHS has given $31 billion in grants since 2003 to state and local governments for homeland security and to improve their ability to find and protect against terrorists, including $3.8 billion in 2010. At least four other federal departments also contribute to local efforts. But the bulk of the spending every year comes from state and local budgets that are too disparately recorded to aggregate into an overall total.

The Post findings paint a picture of a country at a crossroads, where long-standing privacy principles are under challenge by these new efforts to keep the nation safe.

The public face of this pivotal effort is Napolitano, the former governor of Arizona, which years ago built one of the strongest state intelligence organizations outside of New York to try to stop illegal immigration and drug importation.

Napolitano has taken her "See Something, Say Something" campaign far beyond the traffic signs that ask drivers coming into the nation's capital for "Terror Tips" and to "Report Suspicious Activity."

She recently enlisted the help of Wal-Mart, Amtrak, major sports leagues, hotel chains and metro riders. In her speeches, she compares the undertaking to the Cold War fight against communists.

"This represents a shift for our country," she told New York City police officers and firefighters on the eve of the 9/11 anniversary this fall. "In a sense, this harkens back to when we drew on the tradition of civil defense and preparedness that predated today's concerns."

From Afghanistan to Tennessee

On a recent night in Memphis, a patrol car rolled slowly through a parking lot in a run-down section of town. The military-grade infrared camera on its hood moved robotically from left to right, snapping digital images of one license plate after another and analyzing each almost instantly.

Suddenly, a red light flashed on the car's screen along with the word "warrant."

"Got a live one! Let's do it," an officer called out.

The streets of Memphis are a world away from the streets of Kabul, yet these days, the same types of technologies and techniques are being used in both places to identify and collect information about suspected criminals and terrorists.

The examples go far beyond Memphis.

* Hand-held, wireless fingerprint scanners were carried by U.S. troops during the insurgency in Iraq to register residents of entire neighborhoods. L-1 Identity Solutions is selling the same type of equipment to police departments to check motorists' identities.

* In Arizona, the Maricopa County Sheriff's Facial Recognition Unit, using a type of equipment prevalent in war zones, records 9,000 biometric digital mug shots a month.

* U.S. Customs and Border Protection flies General Atomics' Predator drones along the Mexican and Canadian borders - the same kind of aircraft, equipped with real-time, full-motion video cameras, that has been used in wars in Kosovo, Iraq and Afghanistan to track the enemy.

The special operations units deployed overseas to kill the al-Qaeda leadership drove technological advances that are now expanding in use across the United States. On the front lines, those advances allowed the rapid fusing of biometric identification, captured computer records and cellphone numbers so troops could launch the next surprise raid.

Here at home, it's the DHS that is enamored with collecting photos, video images and other personal information about U.S. residents in the hopes of teasing out terrorists.

The DHS helped Memphis buy surveillance cameras that monitor residents near high-crime housing projects, problematic street corners, and bridges and other critical infrastructure. It helped pay for license plate readers and defrayed some of the cost of setting up Memphis's crime-analysis center. All together it has given Memphis $11 million since 2003 in homeland security grants, most of which the city has used to fight crime.

"We have got things now we didn't have before," said Memphis Police Department Director Larry Godwin, who has produced record numbers of arrests using all this new analysis and technology. "Some of them we can talk about. Some of them we can't."

One of the biggest advocates of Memphis's data revolution is John Harvey, the police department's technology specialist, whose computer systems are the civilian equivalent of the fancier special ops equipment used by the military.

Harvey collects any information he can pry out of government and industry. When officers were wasting time knocking on the wrong doors to serve warrants, he persuaded the local utility company to give him a daily update of the names and addresses of customers.

When he wanted more information about phones captured at crime scenes, he programmed a way to store all emergency 911 calls, which often include names and addresses to associate with phone numbers. He created another program to upload new crime reports every five minutes and mine them for the phone numbers of victims, suspects, witnesses and anyone else listed on them.

Now, instead of having to decide which license plate numbers to type into a computer console in the patrol car, an officer can simply drive around, and the automatic license plate reader on his hood captures the numbers on every vehicle nearby. If the officer pulls over a driver, instead of having to wait 20 minutes for someone back at the office to manually check records, he can use a hand-held device to instantly call up a mug shot, a Social Security number, the status of the driver's license and any outstanding warrants.

The computer in the cruiser can tell an officer even more about who owns the vehicle, the owner's name and address and criminal history, and who else with a criminal history might live at the same address.

Take a recent case of two officers with the hood-mounted camera equipment who stopped a man driving on a suspended license. One handcuffed him, and the other checked his own PDA. Based on the information that came up, the man was ordered downtown to pay a fine and released as the officers drove off to stop another car.

That wasn't the end of it, though.

A record of that stop - and the details of every other arrest made that night, and every summons written - was automatically transferred to the Memphis Real Time Crime Center, a command center with three walls of streaming surveillance video and analysis capabilities that rival those of an Army command center.

There, the information would be geocoded on a map to produce a visual rendering of crime patterns. This information would help the crime intelligence analysts predict trends so the department could figure out what neighborhoods to swarm with officers and surveillance cameras.

But that was still not the end of it, because the fingerprints from the crime records would also go to the FBI's data campus in Clarksburg, W.Va. There, fingerprints from across the United States are stored, along with others collected by American authorities from prisoners in Saudi Arabia and Yemen, Iraq and Afghanistan.

There are 96 million sets of fingerprints in Clarksburg, a volume that government officials view not as daunting but as an opportunity.

This year for the first time, the FBI, the DHS and the Defense Department are able to search each other's fingerprint databases, said Myra Gray, head of the Defense Department's Biometrics Identity Management Agency, speaking to an industry group recently. "Hopefully in the not-too-distant future," she said, "our relationship with these federal agencies - along with state and local agencies - will be completely symbiotic."

The FBI's 'suspicious' files

At the same time that the FBI is expanding its West Virginia database, it is building a vast repository controlled by people who work in a top-secret vault on the fourth floor of the J. Edgar Hoover FBI Building in Washington. This one stores the profiles of tens of thousands of Americans and legal residents who are not accused of any crime. What they have done is appear to be acting suspiciously to a town sheriff, a traffic cop or even a neighbor.

If the new Nationwide Suspicious Activity Reporting Initiative, or SAR, works as intended, the Guardian database may someday hold files forwarded by all police departments across the country in America's continuing search for terrorists within its borders.

The effectiveness of this database depends, in fact, on collecting the identities of people who are not known criminals or terrorists - and on being able to quickly compile in-depth profiles of them.

"If we want to get to the point where we connect the dots, the dots have to be there," said Richard A. McFeely, special agent in charge of the FBI's Baltimore office.

In response to concerns that information in the database could be improperly used or released, FBI officials say anyone with access has been trained in privacy rules and the penalties for breaking them.

But not everyone is convinced. "It opens a door for all kinds of abuses," said Michael German, a former FBI agent who now leads the American Civil Liberties Union's campaign on national security and privacy matters. "How do we know there are enough controls?"

The government defines a suspicious activity as "observed behavior reasonably indicative of pre-operational planning related to terrorism or other criminal activity" related to terrorism.

State intelligence analysts and FBI investigators use the reports to determine whether a person is buying fertilizer to make a bomb or to plant tomatoes; whether she is plotting to poison a city's drinking water or studying for a metallurgy test; whether, as happened on a Sunday morning in late September, the man snapping a picture of a ferry in the Newport Beach harbor in Southern California simply liked the way it looked or was plotting to blow it up.

Suspicious Activity Report N03821 says a local law enforcement officer observed "a suspicious subject . . . taking photographs of the Orange County Sheriff Department Fire Boat and the Balboa Ferry with a cellular phone camera." The confidential report, marked "For Official Use Only," noted that the subject next made a phone call, walked to his car and returned five minutes later to take more pictures. He was then met by another person, both of whom stood and "observed the boat traffic in the harbor." Next another adult with two small children joined them, and then they all boarded the ferry and crossed the channel.

All of this information was forwarded to the Los Angeles fusion center for further investigation after the local officer ran information about the vehicle and its owner through several crime databases and found nothing.

Authorities would not say what happened to it from there, but there are several paths a suspicious activity report can take:

At the fusion center, an officer would decide to either dismiss the suspicious activity as harmless or forward the report to the nearest FBI terrorism unit for further investigation.

At that unit, it would immediately be entered into the Guardian database, at which point one of three things could happen:

The FBI could collect more information, find no connection to terrorism and mark the file closed, though leaving it in the database.

It could find a possible connection and turn it into a full-fledged case.

Or, as most often happens, it could make no specific determination, which would mean that Suspicious Activity Report N03821 would sit in limbo for as long as five years, during which time many other pieces of information about the man photographing a boat on a Sunday morning could be added to his file: employment, financial and residential histories; multiple phone numbers; audio files; video from the dashboard-mounted camera in the police cruiser at the harbor where he took pictures; and anything else in government or commercial databases "that adds value," as the FBI agent in charge of the database described it.

That could soon include biometric data, if it existed; the FBI is working on a way to attach such information to files. Meanwhile, the bureau will also soon have software that allows local agencies to map all suspicious incidents in their jurisdiction.

The Defense Department is also interested in the database. It recently transferred 100 reports of suspicious behavior into the Guardian system, and over time it expects to add thousands more as it connects 8,000 military law enforcement personnel to an FBI portal that will allow them to send and review reports about people suspected of casing U.S. bases or targeting American personnel.

And the DHS has created a separate way for state and local authorities, private citizens, and businesses to submit suspicious activity reports to the FBI and to the department for analysis.

As of December, there were 161,948 suspicious activity files in the classified Guardian database, mostly leads from FBI headquarters and state field offices. Two years ago, the bureau set up an unclassified section of the database so state and local agencies could send in suspicious incident reports and review those submitted by their counterparts in other states. Some 890 state and local agencies have sent in 7,197 reports so far.

Of those, 103 have become full investigations that have resulted in at least five arrests, the FBI said. There have been no convictions yet. An additional 365 reports have added information to ongoing cases.

But most remain in the uncertain middle, which is why within the FBI and other intelligence agencies there is much debate about the effectiveness of the bottom-up SAR approach, as well as concern over the privacy implications of retaining so much information on U.S. citizens and residents who have not been charged with anything.

The vast majority of terrorism leads in the United States originate from confidential FBI sources and from the bureau's collaboration with federal intelligence agencies, which mainly work overseas. Occasionally a stop by a local police officer has sparked an investigation. Evidence comes from targeted FBI surveillance and undercover operations, not from information and analysis generated by state fusion centers about people acting suspiciously.

"It's really resource-inefficient," said Philip Mudd, a 20-year CIA counterterrorism expert and a top FBI national security official until he retired nine months ago. "If I were to have a dialogue with the country about this . . . it would be about not only how we chase the unknowns, but do you want to do suspicious activity reports across the country? . . . Anyone who is not at least suspected of doing something criminal should not be in a database."

Charles Allen, a longtime senior CIA official who then led the DHS's intelligence office until 2009, said some senior people in the intelligence community are skeptical that SARs are an effective way to find terrorists. "It's more likely that other kinds of more focused efforts by local police will gain you the information that you need about extremist activities," he said.

The DHS can point to some successes: Last year the Colorado fusion center turned up information on Najibullah Zazi, an Afghan-born U.S. resident planning to bomb the New York subway system. In 2007, a Florida fusion center provided the vehicle ownership history used to identify and arrest an Egyptian student who later pleaded guilty to providing material support to terrorism, in this case transporting explosives.

"Ninety-nine percent doesn't pan out or lead to anything" said Richard Lambert Jr., the special agent in charge of the FBI's Knoxville office. "But we're happy to wade through these things."

Expert training?

Ramon Montijo has taught classes on terrorism and Islam to law enforcement officers all over the country.

"Alabama, Colorado, Vermont," said Montijo, a former Army Special Forces sergeant and Los Angeles Police Department investigator who is now a private security consultant. "California, Texas and Missouri," he continued.

What he tells them is always the same, he said: Most Muslims in the United States want to impose sharia law here.

"They want to make this world Islamic. The Islamic flag will fly over the White House - not on my watch!" he said. "My job is to wake up the public, and first, the first responders."

With so many local agencies around the country being asked to help catch terrorists, it often falls to sheriffs or state troopers to try to understand the world of terrorism. They aren't FBI agents, who have years of on-the-job and classroom training.

Instead, they are often people like Lacy Craig, who was a police dispatcher before she became an intelligence analyst at Idaho's fusion center, or the detectives in Minnesota, Michigan and Arkansas who can talk at length about the lineage of gangs or the signs of a crystal meth addict.

Now each of them is a go-to person on terrorism as well.

"The CIA used to train analysts forever before they graduated to be a real analyst," said Allen, the former top CIA and DHS official. "Today we take former law enforcement officers and we call them intelligence officers, and that's not right, because they have not received any training on intelligence analysis."

State fusion center officials say their analysts are getting better with time. "There was a time when law enforcement didn't know much about drugs. This is no different," said Steven W. Hewitt, who runs the Tennessee fusion center, considered one of the best in the country. "Are we experts at the level of [the National Counterterrorism Center]? No. Are we developing an expertise? Absolutely."

But how they do that is usually left up to the local police departments themselves. In their desire to learn more about terrorism, many departments are hiring their own trainers. Some are self-described experts whose extremist views are considered inaccurate and harmful by the FBI and others in the intelligence community

Like Montijo, Walid Shoebat, a onetime Muslim who converted to Christianity, also lectures to local police. He too believes that most Muslims seek to impose sharia law in the United States. To prevent this, he said in an interview, he warns officers that "you need to look at the entire pool of Muslims in a community."

When Shoebat spoke to the first annual South Dakota Fusion Center Conference in Sioux Falls this June, he told them to monitor Muslim student groups and local mosques and, if possible, tap their phones. "You can find out a lot of information that way," he said.

A book expanding on what Shoebat and Montijo believe has just been published by the Center for Security Policy, a Washington-based neoconservative think tank. "Shariah: The Threat to America" describes what its authors call a "stealth jihad" that must be thwarted before it's too late.

The book's co-authors include such notables as former CIA director R. James Woolsey and former deputy undersecretary of defense for intelligence Lt. Gen. William G. Boykin, along with the center's director, a longtime activist. They write that most mosques in the United States already have been radicalized, that most Muslim social organizations are fronts for violent jihadists and that Muslims who practice sharia law seek to impose it in this country.

Frank Gaffney Jr., director of the center, said his team has spoken widely, including to many law enforcement forums.

"Members of our team have been involved in training programs for several years now, many of which have been focused on local law enforcement intelligence, homeland security, state police, National Guard units and the like," Gaffney said. "We're seeing a considerable ramping-up of interest in getting this kind of training."

Government terrorism experts call the views expressed in the center's book inaccurate and counterproductive. They say the DHS should increase its training of local police, using teachers who have evidence-based viewpoints.

DHS spokeswoman Amy Kudwa said the department does not maintain a list of terrorism experts but is working on guidelines for local authorities wrestling with the topic.

So far, the department has trained 1,391 local law enforcement officers in analyzing public information and 400 in analytic thinking and writing skills. Kudwa said the department also offers counterterrorism training through the Federal Emergency Management Agency, which this year enrolled 94 people in a course called "Advanced Criminal Intelligence Analysis to Prevent Terrorism."

A lack of useful information

The DHS also provides local agencies a daily flow of information bulletins.

These reports are meant to inform agencies about possible terror threats. But some officials say they deliver a never-ending stream of information that is vague, alarmist and often useless. "It's like a garage in your house you keep throwing junk into until you can't park your car in it," says Michael Downing, deputy chief of counterterrorism and special operations for the Los Angeles Police Department.

A review of nearly 1,000 DHS reports dating back to 2003 and labeled "For Official Use Only" underscores Downing's description. Typical is one from May 24, 2010, titled "Infrastructure Protection Note: Evolving Threats to the Homeland."

It tells officials to operate "under the premise that other operatives are in the country and could advance plotting with little or no warning." Its list of vulnerable facilities seems to include just about everything: "Commercial Facilities, Government Facilities, Banking and Financial and Transportation . . ."

Bart R. Johnson, who heads the DHS's intelligence and analysis office, defended such reports, saying that threat reporting has "grown and matured and become more focused." The bulletins can't be more specific, he said, because they must be written at the unclassified level.

Recently, the International Association of Chiefs of Police agreed that the information they were receiving had become "more timely and relevant" over the past year.

Downing, however, said the reports would be more helpful if they at least assessed threats within a specific state's boundaries.

States have tried to do that on their own, but with mixed, and at times problematic, results.

In 2009, for instance, after the DHS and the FBI sent out several ambiguous reports about threats to mass-transit systems and sports and entertainment venues, the New Jersey Regional Operations Intelligence Center's Threat Analysis Program added its own information. "New Jersey has a large mass-transit infrastructure," its report warned, and "an NFL stadium and NHL/NBA arenas, a soccer stadium, and several concert venues that attract large crowds."

In Virginia, the state's fusion center published a terrorism threat assessment in 2009 naming historically black colleges as potential hubs for terrorism.

From 2005 to 2007, the Maryland State Police went even further, infiltrating and labeling as terrorists local groups devoted to human rights, antiwar causes and bike lanes.

And in Pennsylvania this year, a local contractor hired to write intelligence bulletins filled them with information about lawful meetings as varied as Pennsylvania Tea Party Patriots Coalition gatherings, antiwar protests and an event at which environmental activists dressed up as Santa Claus and handed out coal-filled stockings.

'We have our own terrorists'

Even if the information were better, it might not make a difference for the simplest of reasons: In many cities and towns across the country, there is just not enough terrorism-related work to do.

In Utah on one recent day, one of five intelligence analysts in the state's fusion center was writing a report about the rise in teenage overdoses of an over-the-counter drug. Another was making sure the visiting president of Senegal had a safe trip. Another had just helped a small town track down two people who were selling magazine subscriptions and pocketing the money themselves.

In the Colorado Information Analysis Center, some investigators were following terrorism leads. Others were looking into illegal Craigslist postings and online "World of Warcraft" gamers.

The vast majority of fusion centers across the country have transformed themselves into analytical hubs for all crimes and are using federal grants, handed out in the name of homeland security, to combat everyday offenses.

This is happening because, after 9/11, local law enforcement groups did what every agency and private company did in Top Secret America: They followed the money.

The DHS helped the Memphis Police Department, for example, purchase 90 surveillance cameras, including 13 that monitor bridges and a causeway. It helped buy the fancy screens on the walls of the Real Time Crime Center, as well as radios, robotic surveillance equipment, a mobile command center and three bomb-sniffing dogs. All came in the name of port security and protection to critical infrastructure.

Since there hasn't been a solid terrorism case in Memphis yet, the equipment's greatest value has been to help drive down city crime. Where the mobile surveillance cameras are set up, criminals scatter, said Lt. Mark Rewalt, who, on a recent Saturday night, scanned the city from an altitude of 1,000 feet.

Flying in a police helicopter, Rewalt pointed out some of the cameras the DHS has funded. They are all over the city, in mall parking lots, in housing projects, at popular street hang-outs. "Cameras are what's happening now," he marveled.

Meanwhile, another post-9/11 unit in Tennessee has had even less terrorism-related work to do.

The Tennessee National Guard 45th Weapons of Mass Destruction Civil Support Team, one of at least 50 such units around the country, was created to respond to what officials still believe is the inevitable release of chemical, biological or radiological material by terrorists.

The unit's 22 hazardous-materials personnel have the best emergency equipment in the state. A fleet of navy-blue vehicles - command, response, detection and tactical operations trucks - is kept polished and ready to roll in a garage at the armory in Smyrna.

The unit practices WMD scenarios constantly. But in real life, the crew uses the equipment very little: twice a year at NASCAR races in nearby Bristol to patrol for suspicious packages. Other than that, said Capt. Matt Hayes, several times a year they respond to hoaxes.

The fact that there has not been much terrorism to worry about is not evident on the Tennessee fusion center's Web site. Click on the incident map, and the state appears to be under attack.

Red icons of explosions dot Tennessee, along with blinking exclamation marks and flashing skulls. The map is labeled: "Terrorism Events and Other Suspicious Activity.

But if you roll over the icons, the explanations that pop up have nothing to do with major terrorist plots: "Johnson City police are investigating three 'bottle bombs' found at homes over the past three days," one description read recently. ". . . The explosives were made from plastic bottles with something inside that reacted chemically and caused the bottles to burst."

Another told a similar story: "The Scott County Courthouse is currently under evacuation after a bomb threat was called in Friday morning. Update: Authorities completed their sweep . . . and have called off the evacuation."

Nine years after 9/11, this map is part of the alternative geography that is Top Secret America, where millions of people are assigned to help stop terrorism. Memphis Police Director Godwin is one of them, and he has his own version of what that means in a city where there have been 86 murders so far this year.

"We have our own terrorists, and they are taking lives every day," Godwin said. "No, we don't have suicide bombers - not yet. But you need to remain vigilant and realize how vulnerable you can be if you let up."

Staff researcher Julie Tate contributed to this story.